lunes, agosto 22, 2016

La niña que vende tostadas y ha leído más libros que el presidente (segunda parte)

Aunque el mundo a veces nos parezca una porquería, sigue habiendo gente que mantiene viva esa cosa que llaman "Fe en la Humanidad". Personas sensibles y generosas que se conmueven de sus semejantes, sobre todo de aquellos que aparentemente han nacido o vivido en desventaja -por diferentes circunstancias-, pero que, a pesar de esto, buscan ser ciudadanos educados y de bien: algo de lo que pareciera carecer el mundo en estos días.

Hace poco más de una semana les compartí la historia de Ana, una niña de 11 años que vende tostadas en un triciclo frente a la Plaza de la Luz, en el centro de Monterrey. Lo "curioso" de Ana es que tiene una afición especial por la lectura. Sí, a Ana le encanta leer y su sueño es tener libros y más libros para seguir leyendo por el puro gusto de hacerlo. Y digo que su caso "es curioso" porque vivimos en un país en donde casi nadie lee; un país representado por un tipo frívolo que no ha leído un solo libro en su vida y llegó a ser presidente con todo y que plagió su tesis universitaria (y para quienes digan que de nada sirve leer, lean este artículo). Por lo tanto, querer ser ciudadanos cultos y de bien es casi casi un acto revolucionario hoy en día.

Compartí la historia de Ana en mis redes sociales como comparto casi todo lo que me sucede, y la verdad no esperé que tuviera el impacto que tuvo. La anécdota de la niña de 11 años conmovió a varios de mis lectores, generando una marejada de mensajes por Twitter y correos electrónicos pidiéndome una cuenta donde se pudiera donar dinero o una dirección a la que pudieran enviar libros, peluches, ropa o cualquier otro tipo de ayuda. Por eso les digo que sigue habiendo gente que mantiene viva esa cosa que llaman "Fe en la Humanidad". Y pues es muy bonito, snif. Total que una anécdota en la que yo iba a regalar unos libros y $200 pesos y que pensé que no pasaría de ahí, se convirtió en una pequeña causa social a la que se sumaron varias personas y en la que tenemos la oportunidad de cambiarle un poco la vida o aligerarle la carga a alguien.

Bueno, primero que nada, les mostraré los donativos económicos que he recibido, pues manejar dinero ajeno me parece una cuestión muy delicada, por lo que pondré los nombre de quienes donaron y las cantidades, más que nada para transparentar esta acción y evitar malos entendidos.

Esto es lo que hasta el día de hoy he recibido en mi cuenta de PayPal:
Y esto es lo que han depositado directamente en mi cuenta (si me falta alguien, díganme, porque no siempre me avisan por correo de los depósitos):
Total que van poco más de $5,000 pesos (cinco mil pesos 00/100 M.N.) para la causa de Ana, más lo que yo voy a aportar.

Y pues bueno, como les platicaba, el martes pasado volví a visitar a la niña lectora que vende tostadas frente a la Plaza de la Luz y le platiqué que había compartido en mis redes sociales su gusto por la lectura, y que su caso había sido todo un éxito, pues muchas personas se habían ofrecido a ayudarla económicamente y con libros.

Saqué mi teléfono y le mostré la entrada de mi blog en donde hablo de ella. Después le enseñé las capturas de pantalla de las personas que han hecho donativos. Le dije que ya tenía un montón de libros, y se llevó las manos a la boca, mientras soltaba un grito de emoción. Por último le mostré la cantidad de dinero que va acumulado. "Todo esto es tuyo", le dije. La niña no lo podía creer. Se reía sin parar, luego se tapaba los ojos y volteaba para otro lado, como si se le fueran a salir las lágrimas, pero se aguantaba y negaba con la cabeza y se seguía riendo. "¿Qué te hace falta, Ana?", le pregunté. "Este dinero es tuyo. Dime qué necesitas y, si se puede, te lo compramos". He de confesar que batallé para convencerla que me dijera qué le hacía falta.

-Nunca nadie me ha regalado nada -dijo-. El dinero de mi uniforme ya lo tengo separado. Y los libros de mi escuela son gratis.

-Sí, Ana, pero este dinero es para ti; la gente que leyó tu caso se sorprendió de que haya niñas como tú y quieren apoyarte para que sigas leyendo y estudiando y compres algo que te haga falta: puede ser otra cosa que no sean libros: cosas de tu escuela, no sé... Pero dime, si no voy a tener que devolverlo, y es tu dinero -le dije, y se seguía riendo y negando con la cabeza. 

Me contó que el triciclo de las tostadas era de su cuñado. Que recibe un sueldo semanal por trabajarlo. Que va a pasar a segundo grado en la Secundaria número 4, la Lic. Miguel Alemán Valdez, muy cerca de ahí; en el Barrio Antiguo. Su hermana es quien le paga la escuela.
La verdad me sorprendió la actitud de Ana: reacia; no desconfiada, pero sin jugar a la víctima o a la limosnera. Como que muy diga. Decía que no y que no necesitaba el dinero.

-La semana pasada me compré unos zapatos y una bolsa: fueron como 1000 pesos en todo -me dijo con orgullo.

-Bueno, la cosa es que si podemos ayudarte con eso, ahorres tu dinero -le dije, y se reía.

-No sé qué decirle...

-¿Qué te falta?

-Nada... No sé...

-Bueno, vengo el jueves otra vez. Dale una pensada y me dices qué onda, porque si no voy a tener que regresar el dinero.

El jueves regresé. Le entregué un montoncito de libros que me han donado. Se emocionó mucho. Le dije que venían en camino más, y se emocionó más. Hasta me pidió permiso para darme un abrazo. Me reí y me abrazó. Me confesó que "los de miedo" también le gustaban mucho al ver la portada del libro de Poe.
-¿Ya sabes en qué quieres usar tu dinero?

-Nunca he tenido una computadora. Me serviría para leer y hacer mis tareas y usar Internet en la escuela. Y mi celular ya no funciona.

-Excelente.

Pues Ana quiere una computadora y un celular. Creo que ya completamos algo de eso.

Continuará...

jueves, agosto 11, 2016

La niña que vende tostadas y ha leído más libros que el presidente

En la Plaza de la Luz, frente al Banorte, se pone un triciclo con una lona anaranjada para cubrir el sol. Ahí, una niña vende tacos, tostadas y chicharrones de harina preparados con frijoles, repollo, diferentes tipos de salsas y cueritos con vinagre y pico de gallo. A veces que tengo antojo o salgo del banco después de depositar millones de wones norcoreanos, voy a comerme un par de tostadas o un par de tacos de papa: mis favoritos. Me ha tocado ver tantos clientes que para las 6 de la tarde -la hora del antojo feroz- ya no tiene nada para vender, cosa que me da mucho gusto, aunque me quede con hambre, snif. Digo, el sabor no es cosa de otro mundo, pero están bien para matar el hambre. También vende aguas naturales de tamarindo y de piña. La primera sí está muy buena.

La niña siempre había sido muy seria: de ésas que te esquiva la mirada porque siempre está viendo para abajo; hasta el lunes pasado, que decidí ir por tres tacos de papa.

-¿Y usted cómo se llama? -me preguntó después de entregarme los tacos.

-Gustavo. ¿Tú?

-Ana. Mucho gusto, señor Gustavo.

-Mucho gusto. ¿Cuántos años tienes, Ana?

-Once.

-Te ves más grande -dije, y sonrió.

Siempre pensé que era mayor, pues es alta y su rostro es de aspecto duro, con los párpados caídos, como inexpresiva; características que, creo yo, le roban su aspecto infantil. Ana me platicó que es huérfana desde los 2 años, que nació en Ciudad Valles pero vive en Monterrey -con su hermana- desde casi recién nacida, y que quien atiende el triciclo cuando ella no está, es precisamente su hermana. Le quise platicar que pasé muchas de mis mejores vacaciones en Ciudad Valles y sus alrededores, pero la verdad me ofuscó saber que desde tan niña había quedado huérfana y se había venido a Monterrey. Supuse que Ciudad Valles ni siquiera era un recuerdo para ella, y que mis vacaciones en su tierra le importaban un carajo; por lo que decidí mejor quedarme callado, comiéndome mi segundo taco.

-¿Y a usted le gusta leer? -me dijo. Esperaba cualquier otra pregunta, menos ésa.

-Sí, ¿cómo sabes? -respondí sorprendido.

-Es que a mí también me gusta leer.

-¿A poco? ¿Y qué has leído?

-Pues más que nada novelas románticas -se ruborizó al decir esto, para después agregar con mucha seguridad en su voz: "Y un poco de todo".

No me lo podía creer. ¡Una niña de once años que vende tostadas en la calle, con el hábito de la lectura! Estaba frente a un milagro moderno.

Ana me platicó que había leído todos los de John Green, la saga de Crepúsculo, Mujercitas, algunos de poesía y no recuerdo qué tantos más. Dijo que en la primaria le pedían hacer resúmenes de libros infantiles "muy cortitos": su tarea favorita. Y yo, seguía sorprendido.

Cuando le pagué y me despedí y le dije muy metido en mi papel de papá Guffo que qué bueno que leyera, que no dejara ese hábito, que le iba a regalar unos libros y que bla bla bla, me pasó un cuaderno y una pluma:

-¿Me puede apuntar aquí sus libros favoritos?, para buscarlos en el ciber... -y le apunté a Twain, Salgari, London, Dr. Seuss, Fante y muchos más.

Ya de regreso en casa decidí escribir la anécdota en Twitter, como siempre que me pasa algo digno de platicarse, y la verdad no me esperaba la reacción tan chingona de la gente que me lee:
Libros que me han donado.
La próxima semana les platico la continuación de esta historia.
Muchas gracias a todos.

miércoles, agosto 03, 2016

Estar con alguien

Cada que alguien se pregunta qué hace una persona con otra, supongo es porque ellos saben muy bien la razón por la que están con alguien cuando están con alguien.

¿Cuántas veces no hemos escuchado o dicho las típicas -y a veces prejuiciosas- frases: "¿Qué hace esa chava tan guapa con ese hombre tan feo?", o: "¿Qué hace ese güey tan buen pedo con esa vieja tan sangrona?", o: "¿Qué hace ese patán con esa chica tan trabajadora?"? Y a veces nosotros mismos nos respondemos: "Pues sus motivos tendrán...".

Posiblemente exista un interés por parte de alguno, una atracción física intensa, una zona de confort, miedo a estar solos, alguna dependencia física, económica, psicológica, emocional o fines meramente reproductivos. Qué sé yo. Lo que sí creo es que estar con alguien a veces "va más allá", y ese "va más allá" está lejos del entendimiento de muchos.

Nos han "enseñado" que para estar con alguien debe haber ciertas reglas sociales, culturales o naturales: el guapo con la guapa, el feo con la fea, el mayor con la menor (pero no taaan menor), el rico con la pobre bonita, la rica con el rico guapo o el millonario feo y viejo o el pobre guapo y con labia. La cosa es que siempre tenemos que buscarle un razón a esa unión. Queremos creer que para estar con alguien debe haber un tipo de acuerdo, reglamento, tratado, convenio, negociación, camino, meta en común u objetivo en particular; y que eso del amor puede sonar muy bonito, pero como que no aplica, y hay que dejar de lado el romanticismo y la cursilería, pues aquí no caben, y algo tan sencillo como querer disfrutar la compañía de alguien en especial no es razón suficiente para estar siempre a su lado. Y sí, ok, "la vida real" nos ha mostrado que casi siempre es así, snif.

Y al tocar este tema me acuerdo de una pareja en particular. La conocí durante el período en que trabajé en seguridad pública. Eran casi indigentes. Vivían en una casa de techo de lámina y parches con tablones de madera. El hombre estaba desempleado (a veces hacía trabajos de albañilería) y lo detenían a cada rato por faltas administrativas: orinar en vía pública o andar intoxicado. A veces caía también por robar cocacolas y frituras de las tienditas del rededor. Una vez robó en una Bodega Aurrera no recuerdo qué, pero el gerente no quiso proceder. Se le dieron 24 horas de arresto, como todas las veces anteriores, y salió al cumplirlas.

Su mujer siempre iba por él. No pagaba la multa porque no tenía dinero, pero ahí lo esperaba afuera de las instalaciones de la policía, sentada en la banqueta. A veces le llevaba tacos. Cuando se los entregaba, me preguntaba por ella. Me decía que si estaba ahí afuera. Le decía que sí. Me pedía que le dijera de su parte que la amaba.
A veces la mujer se hacía encerrar con él. Manoteaba con los policías a propósito para que a ella también la detuvieran. Los encerraban separados y se gritaban de celda a celda toda la noche. Una vez el hombre se agarró a golpes con otro detenido que le estaba gritando insultos a la chica. Les dieron 12 horas más de arresto a ambos por mala conducta. La mujer salió primero. Al firmar su boleta de pertenencias (traía sólo una liga para el cabello y dos agujetas), nos pidió algunas monedas a mí y a unos polis para ir por unos tacos para su pareja. Me los entregó, se los entregué al detenido y lo esperó afuera, sentada en la banqueta, como de costumbre. Me llamaba la atención que siempre estaban como que desconectados; como que "muy metidos en su pedo", por decirlo de alguna manera. Y no porque a veces anduvieran intoxicados con tolueno. Era algo raro. Una conexión/desconexión difícil de explicar.
Cuando abría el portón para que el hombre saliera, alcanzaba a ver a lo lejos cómo ella se ponía de pie de un brinco y se le dibujaba de lado a lado una sonrisa. Se abrazaban, sacaba un refresco de 500 ml. de una mochila verde con el logo del PVEM, se lo daba, se tomaban de la mano y se iban. La chica parecía contarle mil cosas entusiasmada mientras él bebía de la botella de plástico y caminaban calle abajo. Yo veía sus siluetas alejándose con el sol de frente.

La última vez que los vi, el tipo cayó por robo con violencia. La mujer fue a buscarlo, como siempre. Habló con la juez. Ésta le dijo que lo iban a trasladar al penal; que posiblemente no saldría pronto. La mujer se quebró y empezó a gritar que no se lo llevaran. "¡¿Qué voy a hacer sin él?!", decía. Un policía se quiso hacer el gracioso y le dijo: "¿Qué vas a hacer? Pues conseguirte otro güey que sí sirva pa´algo, mija". La chica lo ignoró y siguió gritando que no se lo llevaran.
Con el tiempo aprendí a diferenciar entre quienes hacían teatro por llamar la atención o salvarse del arresto y a quienes eran sinceros. Los que hacían teatro se aventaban al suelo, se golpeaban la cabeza y fingían desmayos o ataques para que llamaran al doctor. La chica simplemente lloraba desconsolada, con un sentimiento tan profundo que le arrebataba el aire.

Me pareció desgarrador ver cómo dos personas que uno supone no tienen nada que ofrecerse, tuvieran esa conexión que pocas parejas tienen. Ellos eran todo lo que tenían para ofrecerse a ellos mismos. Antes de ser trasladado, el hombre me preguntó detrás de la celda si su mujer estaba ahí. "Sí, como siempre", le dije. Se hizo un ovillo en el rincón y se puso a llorar.

Esas imágenes me quitaron el sueño varias veces. Muchas noches me quedé pensando en ello y en toda esa gente que cree tener muchas cosas para ofrecer y ni así llega a tener ese grado de conexión que vi en esta pareja. El amor en la miseria existe y es desgarrador porque parece ser más honesto, pues -aunque suene cursi y trillado- se está con alguien por lo que es, no por lo que posee. Y para muchas personas, eso va más allá de su entendimiento y de su sentir.

miércoles, julio 20, 2016

De baños de vapor, cines porno y sindicatos (segunda y última parte)

La Sala Chaplin, como casi todos los cines de la ciudad, empezó siendo “terraza”. Me explica don Eduardo, mi guía y Secretario de Organización del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC), que las terrazas eran "los cines de antes": espacios al aire libre -bardeados, pero sin techo- en donde se pagaba un boleto para ver proyectadas en una pared hasta tres películas. "Por eso lo del término Permanencia Voluntaria, porque podías quedarte a ver las tres películas por el mismo precio o retirarte después de la primera o segunda", aclara. Como dato curioso, don Lalo también me comenta que las personas acostumbraban llevar sus propias sillas o cobijas cuando hacía frío. "Como ahora, que llevan su propia comida escondida en las bolsas", remato, y sonríe. Las funciones en las terrazas se cancelaban sólo cuando llovía.

Según el libro Historia del Cine en Nuevo León, del licenciado Rogelio Pérez Garza, allá por los años cincuenta había en Monterrey más de 30 terrazas, las cuales fueron desapareciendo con el tiempo, hasta que a principios de los años setenta ya no quedó ninguna. Las que corrieron con suerte, como la terraza del Chaplin (antes, terraza Brasil), se convirtieron en cines o en autocinemas (que también ya desaparecieron, snif); pero a la fecha ninguna terraza existe como tal (ojo aquí, hípsters: potencial negocio nostálgico).

Don Lalo no para de platicar mientras salimos de los baños de vapor y nos encaminamos a la Sala Chaplin. Bajo la marquesina del mítico cine, el hombre saca un llavero del bolsillo y elige por inercia una de las llaves, la introduce en un cerrojo y desliza el enrejado corredizo que protege al lugar. Entramos a la taquilla y ahí me presenta al encargado (cuyo nombre olvidé, snif) y a un gordo malencarado y sin camisa que hace la limpieza del cine. Don Lalo, queriéndole dar la importancia debida al encargado de la taquilla, deja que él me explique el funcionamiento de la sala y siga con el recorrido. "Te veo a la salida", se despide y se va a las oficinas del sindicato.

La Sala Chaplin abre todos los días. Hay 6 funciones entre las 12 del mediodía y las 22 horas. Se proyectan tres películas en 35 mm y otras tres en DVD. La entrada cuesta $65 pesos, pero las mujeres entran gratis si van acompañadas de un caballero, como anuncia un pizarrón de terciopelo negro, en el que ponen también con letras de plástico blanco, los títulos: "Sexo a Domicilio", "Orgía en el Cuerpo"... El cine tiene capacidad para unas 300 personas. Lleva tiempo que no se llena.
Por un lado de la dulcería, recorremos un oscuro pasillo hasta topar con unas escalera metálicas en forma de caracol. "Cuidado con la cabeza", me dice el encargado, que supongo me vio muy frentón, snif. Y sí: los escalones me pasan a centímetros de la cabeza a pesar de que subo encorvado. Llegamos a un cuarto amplio, lleno de cajas y polvo, en donde hay una puerta muy discreta: es la sala de proyección.

La sala de proyección es un diminuto cuarto con algunos carretes de película, bancos desgastados, papeles amontonados y frases motivacionales o de La Biblia escritas en cartón y pegadas sobre una pared. Lo impresionante del lugar son los proyectores: hermosas reliquias centenarias dignas de un museo. En verdad que son un portento tecnológico, el sueño húmedo de cualquier friki del steampunk. "Estas máquinas las opera don Lalo", me dice el hombre con orgullo.
Proyector. Chequen los ductos para sacar el aire caliente.
Del cine Chaplin había escuchado las mismas leyendas urbanas que del Aracely. Leyendas urbanas que acostumbran tener los sitios que permanecen en el olvido o están en vías de extinción; a minutos de convertirse en naufragios arquitectónicos, como la mayoría de las construcciones del centro de mi ciudad; pero gracias a la labor de estos hombres y este sindicato, permanece vivo un fragmento de historia de Monterrey que, por lo pronto, no se perderá en el tiempo, como tantos otros.

La verdad nunca había entrado a un cine porno. Es toda una experiencia. Sí, hay un halo de depravación e insalubridad que nada más de pensar en ello, saca ronchas. Pero es parte de la aventura. Sí, cuando uno entra piensa en gente masturbándose, en parejas cogiendo o en depravados sentados en los asientos del fondo, al acecho; y pues sí: da escalofríos. Pero he de confesar que lo más bizarro del cine Chaplin es el gordo malencarado que trapea la sala en calzones largos. Fuera de él, todo es "normal". Vayan y compruébenlo ustedes mismos. La Sala Chaplin está en Héroes del 47, casi esquina con Carlos Salazar; y ya de pasada se van a los baños de vapor del STIC.

Salgo del cine, voy a las oficinas del sindicato y le agradezco a don Lalo y a don Rogelio su tiempo y sus atenciones, prometiéndoles escribir esta humilde crónica.
Insisto: lo más escalofriante del Chaplin es este gordo sin camisa que limpia los pasillos.

viernes, julio 08, 2016

De baños de vapor, cines porno y sindicatos (primera parte)

Hombres muy hombres del mundo que leéis este blog, os pregunto: si alguien del sexo masculino los invitara a pasar una linda tarde metidos en unos baños de vapor exclusivos para caballeros, con masajistas varones, ubicados en unas calles semiolvidadas del centro de la ciudad de Monterrey, al lado de una antigua sala de cine porno que todavía proyecta películas cochinonas: ¿irían?

Dan ñáñaras, ¿no? Uno de volada se imaginaría en un torneo de espadazos con "Everybody Dance Now", de C&C Music Factory, como fondo romántico. ¡Pero no! La verdad es que suena más sórdido de lo que es. Yo lo comprobé, y a continuación les cuento mi varonil y para nada gay experiencia (digo, para aquellos que siguen teniendo aversión y prejuicios hacia eso):

En la esquina de Héroes del 47 y Carlos Salazar, justo a un lado de la mítica Sala Chaplin, hay unos baños de vapor. Supe de su existencia apenas hace un par de meses, cuando me mudé a vivir al centro de la ciudad y un día decidí recorrer las calles del rededor en mi bicicleta. “Turco, ruso y suizo”, advierte una estructura de metal con una lona que cruza de lado a lado y divide por la mitad el edificio. La lona también tiene unas siglas que nunca en mi vida había visto: "STIC". Guiado por esa cosa que dicen que mata a los gatos, me acerqué un poco más al edificio para salir de dudas, y me percaté que STIC significa Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica. "Pero ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?", me pregunté. "¿El señor Spielbergo estará ahí adentro?". Fue entonces que mi Sherlock Holmes interior hizo que me bajara de la bicicleta para cruzar las puertas de cristal del edificio con la única intención de pedir una entrevista con alguien y poder realizar una pequeña crónica urbana de lugares poco comunes -o en vías de extinción- en Monterrey.
Total que como les comentaba, entré a la recepción para pedir informes, hablar con el dueño o el encargado y aclarar todas mis cuestiones. La mujer al frente de la recepción me dijo que "a la vuelta" podía "hablar con alguien". "A la vuelta", entre el mítico cine porno y los baños de vapor, resulta que había otra puerta de vidrio, más discreta que la de los baños. "Ahí puede atenderlo el licenciado Rogelio". "¿Será el licenciado Rogelio el señor Spielbergo?", pensé, y, emocionado, salí de inmediato de ahí empujando mi bicicleta para entrar a las susodichas oficinas. Había fotos de líderes sindicales en las paredes. Eran las oficinas del STIC. De la Sección #26, para ser más específicos. Mientras esperaba a que me atendieran, seguía preguntándome qué demonios tenían que ver unos baños de vapor para caballeros con el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica. Y fue entonces que don Rogelio salió de su despacho y aclaró todas mis dudas.
Don Rogelio Pérez Garza es un hombre de 76 años, de bigote casi rubio y ralo. Bien peinado y de vestir impecable. Me recibe amablemente en su despacho y va al grano: "¿Qué quieres saber y dónde lo vas a publicar?". Ya que le explico, el señor se suelta platicando. Don Rogelio es el Secretario General del STIC, donde lleva décadas. Al STIC están afiliados boleteros, dulceros, proyeccionistas, empleados que limpian el desmadre que dejamos al acabar la película, etc. Entre muchas de las labores que desempeña este señor, también es escritor e historiador de Monterrey. Ha escrito una decena de libros, entre poesía, historia del cine, cuentos y literatura infantil. Me dice que desde niño trabajó como proyeccionista en varios cines y terrazas de la ciudad, y que el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica es dueño de los baños de vapor, del cine Chaplin, del Aracely (también para adultos, pero ahora en renta) y un salón para eventos arriba de la sala Chaplin. Lo que se recauda de estos negocios se le reparte a los pensionados: $2000 pesos mensuales a cada uno de los más de 200 pensionados que hay.
Libros que ha publicado don Rogelio.
Antiguo aparato para editar película.
En eso, don Rogelio hace una llamada, y aparece en la oficina don Eduardo, un tipo un poco más joven que el Secretario General, bien vestido y de semblante bonachón, que, para mi asombro, es el proyeccionista de la Sala Chaplin y el Secretario de Organización del STIC. Don Eduardo amablemente se ofrece a darme un tour por los baños de vapor, el salón de eventos y el cine Chaplin, y me autoriza tomar algunas fotografías para reforzar este pequeño reportaje.

Don Eduardo también me platicó muchas cosas. "El baño turco y el ruso en sí son saunas húmedos, el baño suizo es una cabina que avienta agua por todos lados. Ahorita sólo tenemos una porque es tecnología muy cara", me dice. La entrada a los baños cuesta $130 pesos; $110 para los del INAPAM (Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores). Don Lalo me comenta que el lugar se remodeló en el año 2004, porque antes había un área para mujeres, pero no eran clientes tan frecuentes como los hombres, por lo que decidieron quitar ese espacio. A los baños de vapor del STIC entra "todo tipo de gente". No se reservan el derecho de admisión. "Es un lugar democrático". También hay gimnasio y bar.

Don Edurdo, sin borrar esa disimulada sonrisa que parece grabada en su rostro, me va mostrando cada uno de los rincones de los baños de vapor y explicándome un poco de su historia. Tomo algunas fotografías. Hay clientes. Los niños van con sus papás. Vapor. Paredes empañadas. Gotas escurriendo por todos lados. Balastras y tubos fluorescentes. Salimos del lugar y don Eduardo me dice: "Ahora vamos a la Sala Chaplin". Se me pone la piel de gallina nomás de recordar todas las leyendas urbanas que he escuchado de ese lugar.

Continuará...
Don Rogelio y don Eduardo.

jueves, junio 30, 2016

La gente del patio

Papá no me cree que cuando se va a trabajar hay gente en el patio.

Estoy de vacaciones y en el barrio al que nos acabamos de mudar no hay mucho que hacer. No hay niñas de mi edad y tampoco han venido a conectar la televisión de paga y el Internet.

Lo único que hago en todo el día es salir al patio a jugar con la tableta o a hojear alguno de los libros que tiene papá en el buró de su cuarto. Cuando la tableta se descarga o el libro me aburre, se me va la tarde mirando el agujero de la barda en donde se esconde una lagartija de colores.

Papá trabaja de noche en una fábrica. Llega hasta la mañana siguiente. Pero no me quedo sola. Me quedo con mi abuela. Aunque es como si me quedara sola, pues mi abuela apenas se mueve y no puede hablar. Pero estoy segura que si pudiera hacerlo, le diría a mi papá -su hijo- lo de la gente del patio.

Ayer en la noche los volví a escuchar. Se ríen. Corren. Gritan. A veces rompen cosas o se suben al árbol. Debe haber un par de niños de mi edad. O más pequeños. Se escuchan sus carcajadas y sus juegos y los regaños de sus padres. Pero apenas sale el sol y se callan. Me asomo por la ventana y es como si no hubiera pasado nada.

Nunca me he atrevido a correr la cortina cuando los escucho. En cuanto oigo sus pisadas, me tapo con las sábanas hasta arriba y cierro los ojos. Una vez me quise asomar por un hueco entre las cortinas, pero escuché una risa tan fuerte que me saqué tremendo susto y volví a esconderme en la cama.

La noche de ayer por fin agarré valor y me atreví a ver hacia el patio. Escuché que algo se había caído. Una tina o algo. Corrí la cortina lo más rápido que pude y encendí la luz de afuera. Y ahí estaba. Inmóvil. Un hombre de la edad de mi papá, más o menos. Estaba parado frente a la ventana de mi cuarto. Me miraba. Lo noté más asustado que yo. Después me sonrió y me saludó agitando la mano y ya no me dio miedo.

Papá sigue sin creerme que cuando se va al trabajo hay gente en el patio. Hoy la policía llegó muy temprano. Casi a la misma hora que llega siempre mi papá. Una mujer me hizo preguntas. Me decía que si me habían tocado, y se señalaba partes del cuerpo: entre las piernas, las pompas, el pecho. Mi abuela sigue temblando y trata de hablar. Las venas del cuello se le saltan muy feo. La misma mujer le hace las mismas preguntas que a mí.

"Fue la gente del patio", le digo a papá, mientras golpea la mesa en donde antes estaba el televisor y la tableta cargándose. 

lunes, junio 20, 2016

Eso dicen

Ramiro practica su paciencia una vez más en la cola del banco. La mujer de adelante mete una mano en el enorme bolso que le cuelga del hombro, y, por accidente, tira su monedero. El cambio de distintas denominaciones rebota y rueda entre los pies de los clientes. Un par de identificaciones y una pluma de tinta azul también quedan tendidas sobre el piso, al lado de la base metálica de uno de los postes que delimitan con cinta retráctil el pequeño laberinto en el que deben formarse las personas. Entre Ramiro y el guardia de la puerta, quien se apresura a ayudar, recogen las monedas, las tarjetas y la pluma con tinta azul. Los demás clientes ni se inmutan. Cuando le entregan las últimas monedas a la mujer, ésta sonríe, y a Ramiro se le figura que es idéntica a la que fue su maestra en primero de primaria. "Muchas gracias", dice la anciana con voz quebradiza, mientras deposita todo de vuelta en el bolso de mano y el uniformado regresa a su guardia en la entrada. Ramiro trata de recordar el nombre de aquella maestra. ¿Miss Rosy? ¿Miss Lety? ¿Miss Bety? Algo así. Pero después piensa que si en primaria se veía anciana, 25 años después debería verse aún más, o, posiblemente, estar ya muerta. O tal vez su maestra era una de esas personas que se ven viejas desde muy jóvenes; por lo tanto, se ve igual después de todos estos años. "Pase", dice una de las cajeras y, enseguida, la otra dice lo mismo: "Pase". A la mujer le toca la caja número 3 y a Ramiro, la 4."¿Cómo está, profesora?, buenos días", saluda la cajera. Aunque en ningún momento escucha el nombre, con ese "profesora" está casi seguro que la señora que tiene a un lado cobrando su pensión fue su maestra en Primero A del Colegio Montessori. Ramiro sonríe, saca un fajo de billetes de la bolsa trasera de su pantalón y repite mecánicamente lo que hace cada quincena.

Al salir del banco, Ramiro cruza la calle con rumbo a su coche, estacionado a una cuadra de la institución financiera. Sigue intentando recordar el nombre de su maestra, pero el insistente accionar del claxon de un automóvil en marcha lo arrebata de sus memorias. Cuando el auto pasa justo a sus espaldas, escucha que gritan: "¡Qué onda, pinche Cabe!". Ramiro voltea lo más rápido que puede, pero sólo alcanza a ver una mano que sale del lado del copiloto, ondeando con entusiasmo. En la colonia Garza Nieto, donde vivió la mayor parte de su adolescencia, los de la cuadra así le decían: Cabezón. El Cabe. Cuando se cambió de barrio y fue a una preparatoria privada, Ramiro se aseguró de que nadie se enterara que ése había sido su apodo: por eso nunca mezcló a sus amigos de la prepa con los del barrio. Le gustaba más que lo apodaran Cuellar, y así fue hasta graduarse de la universidad. Devolvió el saludo, dudoso. Hacía años que no escuchaba ese apodo. El copiloto seguía agitando la mano y viendo por el retrovisor. ¿Quién sería? ¿El Pollo? ¿El Tripón? ¿El Cañangas? Así se quedó inmóvil, pensativo, hasta que el coche se perdió en una esquina.

Ramiro dio algunas vueltas por el centro de la ciudad. Cumplió con la mayoría de los encargos del trabajo y, al mediodía, ya con hambre, se metió al Jefes. Pidió una cerveza y la comida del día. La mesera de siempre le comentó que la comida apenas iba a salir, pues había llegado más temprano que de costumbre. Ramiro no tuvo inconveniente en esperar y aprovechó para ir al baño a lavarse las manos y mandar algunos mensajes de texto. Al empujar la puerta del cuarto de baño, sintió que una mano en el hombro lo detenía.

-Tú eres hijo de Ramiro y Chepina, ¿verdad?

-Sí -respondió con un sobresalto, dándose la media vuelta.

-Soy don Beto. Yo te llevaba a ti y a tus hermanos a la secundaria. Era vecino de tus abuelos.

-Ah, cómo no. Don Beto. El de la camioneta amarilla.

-El mismo. ¿Cómo has estado, mijo?

-Muy bien, gracias, señor.

La plática fue breve, aunque cargada de recuerdos. Ramiro le comentó que sus papás estaban bien, que su abuela estaba con salud y que su abuelo había fallecido hacía tres años; a lo que don Beto respondió que sí se había enterado. Por su parte, don Beto le recordó la vez que su hermano vomitó en uno de los asiento y la ocasión en que lo regañó por subirse con los tenis enlodados. También le refrescó su apodo de barrio: El Cabe. Ramiro fingió sonreír. Con un apretón en el hombro, don Beto se despidió y le pidió que le saludara a su familia. Ramiro respondió por inercia que "igualmente".

Ramiro volvió a su mesa. La cerveza ya estaba ahí. Le dio un sorbo apresurado y sacó de su bolsa el teléfono móvil. De pronto, un hombre de complexión robusta, con el cráneo rapado, jaló una silla y se sentó con mucha confianza frente a él. Cruzó los brazos, se echó hacia atrás y sonrió. La mesera llegó con el plato de caldo de res. Le ofreció algo al tipo que acababa de tomar asiento, pero éste hizo un ademán con el brazo y la palma de la mano extendida, diciendo que "estaba bien". Ramiro apenas y pudo pasar el segundo trago de cerveza. Tomó una servilleta, se limpió la boca y preguntó:

-¿Te conozco?

-No -dijo el hombre-. ¿Por qué habrías de conocerme?

-Me conoces, entonces...

-Tampoco. ¿Por qué la pregunta?

-Es que... ha sido un día muy extraño. En menos de dos horas me he topado en todas partes con gente que tenía años de no ver. Por eso pensé que tal vez te conocía o que...

-Bueno: dicen que cuando vas a morir ves pasar tu vida frente a tus ojos.

El hombre se echó hacia adelante como una catapulta, sacó una pistola automática y disparó.